LO NUESTRO LA HISTORIA: DEPARTAMENTO DE FLORES

LA HISTORIA: DEPARTAMENTO DE FLORES

Trinidad o Porongos

 

Es el pueblo que la ley de 30 de diciembre de 1885 erigió como capital del nuevo departamento de Flores.

Sus orígenes integran un proceso histórico no menos excepcional que la creación del propio departamento. Hay controversias planteadas en torno a los comienzos de Porongos y a sus fundadores. La investigación realizada por Fernández Gutiérrez, con riguroso espíritu científico y en forma exhaustiva, permiten aseverar que dos personajes, a comienzos del siglo 19, tuvieron preponderante papel en el nacimiento de Porongos: Francisco Fondar o Jondar y Fray Manuel Ubeda o Weda.

La efectiva colonización de la campaña oriental no fue tanto una tarea emprendida con la eficacia, rapidez y seguridad exigidas por las condiciones imperantes en el medio, como por el peligro de la penetración clandestina desde las amplias y abiertas fronteras y las muy extensas y desguarnecidas costas marítimas. Esta situación se arrastró durante mucho tiempo por indolencia, por egoísmo y por intereses creados en torno a las faenas clandestinas. Según un interesante documento de fines del siglo XVIII, aquella situación se agravaba por las ausencia de prácticas religiosas, haciéndose necesaria la erección de capillas en el desolado ambiente rural.

Conviene recordar que el territorio actual del departamento de Flores perteneció, como dominio privado, a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, a dos poderosos latifundistas: Francisco de Alzáibar y Miguel Ignacio de la Cuadra, personajes influyentes entre las autoridades coloniales.

Francisco de Alzáibar, vasco nacido en 1695 en Vizcaya, llegó con los años a tener una gran fortuna. En 1738 recibió del gobernador de Buenos Aires Miguel de Salcedo, en mérito a trabajos prestados a la Corona española, de 160 suertes de campo (1 suerte era una medida de superficie española de 1/2 legua de frente por 1 1/2 de fondo = 1992 hás.). Fallece en 1775 y por testamento hereda sus campos a Martín, el hermano mayor, quien siendo soltero y sin hijos designará, un mes antes de morir en 1780, a su sobrina María Gabriela como única heredera universal.

Miguel Ignacio de la Cuadra había nacido en 1749 en Bilbao, habiéndose casado en 1761 con Inés Durán con quien no tuvo hijos, ostentando hasta su muerte el grado de teniente coronel de las milicias de artillería de la ciudad de Montevideo.

Al comienzo de la Revolución Oriental de 1811, dos terceras partes del territorio pertenecían a la Sucesión de la Cuadra – Durán (aproximadamente las tierras que integran las 2a. 5a. y 6a. secciones judiciales) y una tercera parte a la Sucesión Solsona – Alzáibar (aproximadamente las secciones 3a. y 4a.).

Cuando Martín José Artigas realizó la tasación de las tierras concedidas a Miguel Ignacio de la Cuadra, encontró que «las mismas están lindantes, contigua y circuladas con los arroyos San Gregorio, San José, Porongos y Maciel, sin más intervención de población que las casas de dicho de la Cuadra, cuyo fondo total componen 8 leguas menos mil varas y de la misma forma 5 leguas y 800 varas».

En general, en esta Banda Oriental, los pueblos surgían alrededor de una capilla o una pulpería; y muchas veces conforme a las leyes, por razones administrativas, políticas o militares.

El caso de PORONGOS constituye una excepción: su nacimiento es fruto de la lucha permanente que los marginados mantienen contra los privilegiados. Francisco Fondar personifica esa lucha contra el latifundista de la Cuadra, que de todas maneras procuró impedir la formación del pueblo. De la Cuadra argumentaba luego que Fondar, encabezó el enfrentamiento a sus aspiraciones, resentido porque él lo había desalojado de su estancia. De la Cuadra trataba de quitar seriedad y méritos a la labor de Fondar, atribuyendo su gestión tenaz a cierto revanchismo y no al interés por defender al vecindario.

En 1801, más de sesenta habitantes de la región, dirigidos por el «proletario» Francisco Fondar solicitaron licencia al Virrey para construir al oeste del arroyo Porongos un templo donde se celebrara «el santo sacrificio de la misa. Proletario y analfabeto, Fondar reclama los títulos de fundador de la Capilla de la Santísima Trinidad y precursor de la fundación de la ciudad de Porongos. Lo «precario de su intelecto» no le impidió rebelarse contra el sistema prevalente que ponía a la tierra en manos de unos pocos privilegiados, ni señalar rumbos a los humildes, arrojando al surco, en pleno reinado del absolutismo, una fecunda semilla de libertad y de igualdad social.

Aquella solicitud de Fondar tuvo acogida en la sede virreinal, pese a la oposición del terrateniente de la Cuadra, cuya disconformidad se basaba en razones obvias: riesgo de abigeatos y amparo a personas vagas y dañinas.

En 1802 se concedió autorización impetrada y el 1° de febrero de ese año la dirección de la capilla fue confiada a Fray Manuel Ubeda, que habría comenzado su misión religiosa entre los días 5 al 10 de febrero de 1802. Cinco meses después de inaugurado el oratorio. Fondar solicitó, sin éxito, autorización para erigir un pueblo en los contornos de la capilla.

Queda bien establecido que el pueblo de los Porongos nace como una necesidad de los humildes para mejorar su situación y, Manuel Ubeda, si bien cumplió a posteriori un papel muy importante, no estuvo en los primeros tiempos de su gestación.

Fallecido de la Cuadra, la viuda doña Inés Durán resolvió poner término a la lucha, donando legua y media de terreno, en cuadro, a favor de Fray Manuel Ubeda, según escritura otorgada el 14 de abril de 1804, para que, una vez otorgados los permisos de la Superioridad, pudiera repartir dicho terreno entre los vecinos existentes y entre los que en adelante quisieran poblar, sin excederse de los límites que se señalan.

Al momento de recibir el documento de parte de Inés Durán, había reinado la fraternidad y unidad de criterios, pero una vez que Ubeda tomó contacto con tales papeles se creyó en el derecho de ser quien repartiese las tierras, dirigiese y encabezase todas las iniciativas; sobrepasando su tarea específica de cura en desmedro del propio Fondar. Francisco Fondar se autodefinía como el fundador de la capilla, y uno de los principales forjadores del pueblo; siendo el apoderado que los vecinos habían elegido desde los primeros momentos en 1801. La verdad es que Fondar y Ubeda, que tanto habían luchado por la consolidación de Trinidad de Los Porongos, una vez conseguidos el tan ansiado objetivo, se dejaron llevar por apetencias de protagonismo, con una rivalidad que los separó hasta el fin de sus días.

 

Francisco Gerónimo Fondar, había nacido por el año 1761, desempeñó un papel relevante en la consecución del nacimiento del nuevo pueblo. Antes de trasladarse a estas inmediaciones, tuvo un desempeño muy activo en su vecindario original: la Aguada, que por entonces era un paraje en las afueras de Montevideo. La vida de Fondar fue muy «activa», y no siempre contó con la «benevolencia» de las autoridades, que cuando tenían que ejecutar, embargar o encarcelar a quien no cumplía con lo que estaba obligado, no dudaban en hacerlo. Cuando joven era indudablemente un individuo con gran iniciativa, con mucho emprendimiento pero que, quizás, debido a su inexperiencia no podía luego afrontar las responsabilidades que había contraído. Luego se estableció como medianero de Miguel Ignacio De la Cuadra en 1795 en una de las tantas estancias que éste poseía, llamada el Mangrullo en la Costa del Yy (Yí), por el término de seis años. Desde 1801, ya afincado en la zona tuvo un papel protagónico en la gestación del pueblo, abanderado de los pobladores debido a su experiencia como litigante, es columna vertebral de todo el proceso, al encabezar un documento fundamental: el petitorio para la construcción de un oratorio público.

 

Fray Manuel Ubeda, nació alrededor de 1760, en un pueblo cercano a Valencia, denominado Ubeda que, en definitiva, fue quien le dio su postizo apellido, y no en Valencia como reiteradamente se ha sostenido. La falta de material sobre Fray Ubeda se le atribuye cuando en 1837 las propiedades del padre Manuel Azcorra sufrieron un despojo por parte de ladrones, que habría robado parte de los documentos. A esta pérdida hay que agregarle el incendio que sufrió en noviembre de 1841 la que, en ese momento ya era iglesia, con la lamentable quema de documentos.

 

Inés Durán nació en 1747 en Montevideo, siendo hija del Alférez Real Manuel Durán y María Cristo Pérez, de la que heredó un campo en San José (tenía 6 hermanos más).

«Porongos» no es denominación indicada ex profeso para nominar al pueblo que surgía como fruto de de un proceso reseñado más adelante. El paraje era conocido con el nombre mencionado por existir en abundancia «la calabaza silvestre, amarga, de forma oblonga así llamada, como se llama también, al mate en forma ovalada».

La revolución oriental de 1811 contó con la adhesión ferviente de porongueros, que participaron en el encuentro de Las Piedras y en el Éxodo de Octubre. Su pueblo, Porongos, debió soportar la ocupación contrarrevolucionaria; y su inmediata liberación fue dispuesta por Artigas.

La eclosión revolucionaria agudizó el enfrentamiento de los grupos que el colonialismo engendrara: los oligarcas peninsulares, por un lado, aferrándose a sus privilegios, y por el otro la masa campesina, racial y socialmente heterogénea, los explotados del régimen. Criollos, gauchos, indios, negros libres, integraban el pueblo oriental en armas; son los protagonistas de la «admirable alarma» artiguista, que el peninsular explotador pretendía menospreciar bajo el calificativo, que uniformó, de «tupamaros». Mantenían vivo el recuerdo de la rebelión indígena de 1780 promovida en el Virreinato de Perú, que acaudillara el Inca Tupac Amaru. Cuando la revolución alcanzó el plano socio-económico, la lucha radicalizó a los grupos por oposición de intereses; la masa campesina, en el léxico de la revolución agraria artiguista, sería el grupo de «los infelices». El clero, como en todas las épocas de crisis revolucionaria, se escindió: el alto clero (los obispos) acompañó a la oligarquía peninsular primero, y al patriciado después. Correspondió al obispo Lúe, en el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, la defensa del régimen colonial, pretendiendo mantener el gobierno de las colonias para los peninsulares, mientras quedara un español en América.

El bajo clero adhirió a la revolución desde sus comienzos; son los curas rebeldes, entre los cuales, dirigiendo a su feligresía «tupamara» poronguera, se destacó Fray Manuel Ubeda o Weda.

El 22 de julio de 1830 los habitantes de la villa Santísima Trinidad, (alias) Porongos, prestaron juramento público a la Constitución del Estado en el centro de la plaza Constitución.

A mediados de siglo nuestro pueblo -Trinidad o Porongos- no había logrado mayores progresos. José Ma. Reyes expresaba: «En la cuchilla que se interna entre el Sauce y Porongos existe el pequeño pueblo de la Santísima Trinidad, que se mantiene estacionario con una población de 500 a 600 habitantes, en medio de un distrito muy animado por la abundante ganadería que se fomenta en sus contornos, circundados de una fecunda irrigación en todos sentidos».

Al alcanzar su primer siglo de existencia los porongueros evocaron su fundación; es imprecisa la fecha puesto que, el nacimiento del pueblo fue la consecuencia de un proceso con altibajos; una asamblea de vecinos, reunida en el salón del Club 25 de Mayo, en agosto de 1902, aprobó la iniciativa de fijar una fecha intermedia entre los años 1802 y 1803, que fue el 1° de enero de 1803. Los suceso políticos del momento impidieron las celebraciones programadas; y la iniciativa del diputado por el departamento de Flores don Antonio G. Goso se recogió en la ley N° 2829 de julio de 1903 según la cual desde el día 18 de julio de 1904, fecha del primer centenario de la fundación del pueblo de Trinidad, capital del departamento de Flores, declárasele ciudad, con todas las prerrogativas consiguientes a ese rango».

En 1908, el censo de población señalaba para el departamento de Flores 16.082 habitantes y para Trinidad unos 10.500 pobladores; y en 1963 para el primero 23.550 habitantes y a su capital 15.455 pobladores. La ciudad alcanza a contener el 65% de los habitantes del departamento.

«Un plan de nomenclatura debe obedecer a un sentimiento educador encaminado a honrar a los sucesos y a los hombres que han contribuido a la consolidación del país», expresa Eduardo Acevedo. En nuestras plazas y calles se honra a los héroes de la Independencia: Artigas, Rivera, Lavalleja y Oribe; los sucesos más importantes de la gesta emancipadora: 19 de Abril, 25 de Agosto, 18 de Julio, Agraciada, Sarandí, Piedras; a los precursores y fundadores de nuestro pueblo Porongos: Francisco Fondar, Fray Ubeda, Inés Durán; al reformador de la escuela José P. Varela; a uno de los ensayistas que reivindicó la memoria de Artigas, Carlos Ma. Ramírez; y a políticos de actuación nacional y departamental, escritores y vecinos que lograron el respeto y el aprecio de la población.

Por iniciativa del profesor Lorenzo F. Laborde, se logró que el nombre de Francisco Fondar designara la arteria principal del pueblo, sustituyendo al de Montevideo.

 

DEPARTAMENTO DE FLORES

Su creación

Creado por Ley N° 1.854 del 30 de diciembre de 1885, nació el departamento de Flores del territorio que fuera la 3ª. Sección Judicial de San José, dentro de los siguientes límites: al norte los ríos Negro y Yí; al sur el arroyo San Gregorio, de sus nacientes a la barra en el arroyo San José, hasta encontrar las puntas del arroyo Grande; por el este el arroyo Maciel, desde sus puntas hasta su barra en el Yí; y por el oeste, el mencionado arroyo Grande desde sus puntas hasta su confluencia con el río Negro.

La creación de Flores constituyó la última división político-territorial de los departamentos.

En la época colonial, su territorio se hallaba dentro de los límites señalados a la Gobernación del Río de la Plata en 1617.

Fundada la ciudad de Montevideo, el capitán Pedro Millán determinó sus límites jurisdiccionales, que por el norte alcanzaban el camino de los faeneros de corambres, en la zona sur del actual departamento de Flores. Parte de éste, pues, quedaba incluido en la jurisdicción de Montevideo, y el resto continuaba dependiendo de la Gobernación de Buenos Aires.

En 1814, entre los siete departamentos militares en que fue subdividida la Provincia Oriental se encontraba el de Porongos, cuyos límites se extendían, al norte, hasta el arroyo Carpintería y todo el río Yí, al este hasta la Cuchilla Grande, al oeste hasta el arroyo Grande y al sur hasta el albardón o falda de la cuchilla.

En 1815, a efectos de cumplir con el plan agrario artiguista, el artículo 3° del Reglamento de setiembre incluía el territorio del departamento en la jurisdicción del Alcalde Provincial, entre los ríos Yí y Santa Lucía. El Cabildo Gobernador de la época, con la finalidad de proceder con algún orden y distinción en el importante objeto de la elección de los ayuntamientos y jueces de los pueblos de campaña, dividió a la Provincia en Cantones o Departamentos, uno de los cuales, el quinto, era “la villa de San José, de la Florida y Porongos.

En el año 1827, el Gobierno Provisorio de la Provincia Oriental la dividió en nueve departamentos. El de San José comprendía los actuales departamentos de Florida, San José y Flores. Finalmente la ley N° 493 de 10 de junio de 1856 segregó el departamento de Florida y la ley de 30 de diciembre de 1885 el departamento de Flores, con una superficie de 4.519 kilómetros cuadrados.

En decreto de julio 21 y de julio 26 de 1886 el Poder Ejecutivo dividió el departamento de Flores en seis secciones, judiciales y policiales; los límites de las secciones 3ª. y 4ª. Se modificaron por decreto de 7 de setiembre de 1901 y los de las seccionales 5ª. y 6ª. por decreto de 2 de marzo de 1949. Las secciones policiales fueron reestructuradas, elevándose a siete, en decreto de 30 de enero de 1946.

En todas las oportunidades mencionadas las divisiones y subdivisiones territoriales fueron determinadas, expresa o implícitamente, con fines de gobierno o de administración.

La creación del departamento de Flores no encuadra en tales planes. Es el fruto de una maniobra urdida por un gobernante ambicioso, cuyas ansias de poder atravesaron las vallas constitucionales.

La república padecía el sombrío período del militarismo iniciado con el motín del 15 de enero de 1875. El cuartel acampó en la Plaza Constitución, bajo la jefatura del coronel Lorenzo Latorre; fueron derribadas las instituciones para “restablecer el orden, la seguridad individual y la garantía de la propiedad”. El mismo día, por iniciativa de Latorre, se formó una nueva unidad militar, el famoso 5° de Cazadores, con la jefatura del Sargento Mayor Máximo Santos.

El episodio que reseñamos no se relaciona con la naturaleza del militarismo ni con sus fines, ni sus vinculaciones con los grupos de presión que le apuntalan y a los que sirve. Simplemente verifica que el absolutismo cesarista es buen caldo de cultivo para las ambiciones de gobernantes deseosos de poder y gloria y ambiente adecuado para los intereses de la oligarquía. El militarismo sirve a los poderosos de la hora, la clase superior urbana de los comerciantes, banqueros y saladeristas y a los privilegiados del ruralismo. El 15 de enero los cuarteleros usan de personero político a Pedro Varela (que no debe ser confundido con el insigne reformador don José Pedro Varela, militante opositor).

El 10 de marzo de 1876, Pedro Varela es obligado a renunciar. Le sucede como gobernador provisorio el coronel Latorre, cumplido la farsa de una asamblea en la Plaza Constitución, proyectada por el interesado. La dictadura aparenta desaparecer al transformarse Latorre en Presidente de la República a partir del 1° de marzo de 1879.

Pero las limitaciones constitucionales le resultan inadecuadas para su cesarismo apenas disimulado y, por ello, el 13 de marzo del año siguiente Latorre renuncia, en forma indeclinable, a su cargo de Presidente de la República pretextando, en manifiesto público, “nuestro país es un país ingobernable”.

Aceptada la renuncia la Asamblea Legislativa designa, para desempeñar el cargo vacante, al presidente del Senado, Dr. Francisco A. Vidal, con el fin de completar el período constitucional. El Dr. Vidal, médico prestigioso pero débil personalidad, fue instrumento de santos, designado por él Ministro de Guerra y Marina. Previamente, se había conferido a Santos el grado de coronel para ascenderlo luego a general el 25 de junio de 1881.

El Dr. Vidal renuncia a su cargo el 28 de febrero de 1882. La Asamblea Legislativa elige al general Máximo Santos, Presidente de la República el 1° de marzo siguiente, y para un período completo de cuatro años. La obsecuente Asamblea, premiando los servicios prestados en los sucesos de marzo, cuando renuncia Latorre, asciende a Santos al rango de Brigadier General de los Ejércitos de la República.

En las postrimerías de su mandato presidencial comienza Santos a tramar su continuismo, mediante reelección indirecta, con apariencia de legalidad. Obtuvo de la Asamblea Legislativa la sanción de la Ley N° 1.786 del 27 de marzo de 1885, interpretativas de los artículos 25 y 31 de la Constitución. Tales normas señalaban, como causal de in elegibilidad para representantes y senadores, la condición de ser empleado civil o militar dependiente del Poder Ejecutivo por servicio a sueldo, a excepción de los retirados o jubilados. En la ley interpretativa se determinaba que la inhabilidad mencionada no comprendía a los Generales de División y a los Tenientes Generales, siempre que no se hallaren al mando de las fuerzas o en el desempeño de algún empleo administrativo al tiempo de la elección.

El constituyente del 30, con la finalidad de asegurar la independencia del legislador, no admitió el ingreso al Parlamento de los militares dependientes del Poder Ejecutivo. La exclusión se ratificó cuando no se dio andamiento a una petición tendiente a la reforma de la norma, que suscribían un grupo de militares encabezados por Rivera, Lavalleja y Garzón.

Justino Jiménez de Aréchaga consideraba inconstitucional la ley interpretativa; entendía además que la exclusión era altamente beneficiosa para el Parlamento. Sostuvo, el insigne constitucionalista, que los ejércitos permanentes eran inconciliables para las instituciones libres, por lo cual resultaba fundada la norma constitucional lesionada con una ley de finalidad inconfesada. Domina en la clase militar, expresaba, un espíritu muy marcado de orden, de obediencia y de mando; de orden sin libertad, de obediencia ciega, de mando sin restricciones. Promulgada la ley, Santos, por intermedio del Subdelegado de Porongos, Coronel Rolando de los Campos, obtuvo la remisión de un petitorio suscrito por 126 vecinos de Trinidad, donde se expresaba:

“Excmo. Señor Presidente de la República Teniente Coronel don Máximo Santos. Reunidos los que al final suscriben, vecinos todos del Pueblo de Trinidad, hemos acordado reiterar a S. E. la petición que por solicitud de Julio del corriente año, tuvimos el honor de dirigirle, para que, por intermedio de su poderoso empeño, fuera tomada en consideración por la H. Cámara de representantes, en atención al justo pedido de los solicitantes. Indispensable nos ha parecido volver sobre el asunto, que, si bien existen probabilidades de un desenlace satisfactorio, pudieran muy bien sus múltiples tareas haber distraído la atención de S.E. pues ni por un momento hemos dudado de su solemne promesa, referente a la segregación de esta jurisdicción”.

El 23 de diciembre de 1885 Santos eleva al Parlamento la petición de los vecinos de Trinidad, con el siguiente mensaje: “El Poder Ejecutivo tiene la alta honra de elevar hasta V.H. la solicitud que ha recibido del Pueblo Trinitario recordando el pronto despacho de la está en poder del Cuerpo Legislativo, peticionando la creación del Departamento de Trinidad. Para que V.H. se sirva darle la tramitación respectiva, cumple en elevarla el P.E. y al mismo tiempo para dejar satisfechos deberes morales contraídos con los pobladores de ese rico e importante centro de la República, contando con la benevolencia de V.H. impetra el breve estudio de esa justa solicitud y su favorable despacho, dándola por incluida entre los asuntos de la convocatoria extraordinaria”. El mismo día la Comisión Especial de la Cámara de Representantes opinó que debía accederse a lo solicitado, porque la subdivisión territorial concurre a la prosperidad y riqueza; porque cuenta con la voluntad de sus habitantes; por el número de su población; por los valores trinitarios representados en más de 200 leguas de tierras de pastoreo, en cien mil cabezas de ganado vacuno, en un millón doscientas mil cabezas de lanares y quince mil yeguarizos; por el movimiento de su comercio y las mercaderías de tránsito y por el adelanto moral en relación con la administración en todos sus ramos y especialmente en la educación popular. Señaló la Comisión que tuvo en cuenta las diversas peticiones dirigidas a la Cámara por el mismo vecindario, así como los informes y proyectos de ley que los mismos motivaron. Existía, se expresó, unanimidad de opiniones, salvo en los límites; la Comisión, finalmente, fijó los límites tal como estaban indicados por naturaleza. Aprobado el proyecto, en el mismo día y sin discusión pasó al Senado, que lo sancionó y lo remitió al Poder Ejecutivo. Fue promulgado el 30 de diciembre de 1885.

El nuevo departamento se denomina FLORES a propuesta de la Comisión Especial, según estos fundamentos: “Cuando se trata de actos trascendentes como el presente, el recuerdo de sus hombres que concurrieron a salvar y engrandecer la patria, no debe olvidarse como ejemplo permanentes de sus virtudes cívica y como en este caso se encuentra el patriota Brigadier don Venancio Flores, con más la circunstancia de haber nacido en aquella zona”.

Venancio Flores nació el 18 de mayo de 1808 en la casa de su padre don Felipe Flores, edificada en el solar de la manzana N° 102 de la ciudad de Trinidad o Porongos, en la esquina que forman las actuales calles Alfredo J. Puig (antes República Española) y Santísima Trinidad. La tercera sección judicial de San José se convertía, así, en el nuevo y último departamento de nuestra república.

En la misma ley de creación se disponía que la capital sería el pueblo de Trinidad y lo dispuesto se haría efectivo de inmediato, autorizándose al Ejecutivo para dictar las medidas oportunas a fin de que se procediera, en el nuevo departamento, a practicar las elecciones de senador, representantes (fijados provisoriamente en dos), Junta Económico – Administrativa y nombrar las demás autoridades departamentales. Por último, quedaba establecido un impuesto adicional del uno por mil sobre la contribución directa por lo que correspondiera al territorio del nuevo departamento; este artículo por sí solo, constituía la prueba más concluyente de que sólo una baja razón política era el verdadero móvil de la ley. De inmediato se designó Jefe Político y de Policía al Coronel Rolando de los Campos; el 27 de enero de 1886 se integra la primera Junta Económica – Administrativa, con cinco miembros; y en las elecciones efectuadas a comienzo del año fueron electos diputados Felipe de los Campos y Nicolás Granada y el Colegio Elector, por unanimidad eligió senador por el departamento de Flores al general Máximo Santos. Terminado el período presidencial de Santos, la Asamblea General eligió como nuevo Presidente de la República al amigo consecuente de Santos, el ya mencionado Dr. Francisco A. Vidal, el 1° de marzo de 1886.

El continuismo santista se hallaba en el prólogo; en marzo de 1886 estalló la Revolución del Quebracho, en cuyas filas, integradas por los principistas de todos los partidos, militaban quienes querían la derrota del régimen. Vencida la revolución de los campos de batalla, la Asamblea Legislativa sancionó la ley N° 1.816, promulgada el 2 de abril de 1886, estableciendo que la más alta jerarquía militar de los ejércitos de la república sería la de Capitán General, elevándose a esa jerarquía al Tte. Gral. Máximo Santos, declarado gran ciudadano y benemérito de la Patria. Lograda la calma, aunque precariamente, el Senado decidió aprobar lo aconsejado por su Comisión Especial, proclamando a Máximo Santos senador por el departamento de Flores. Para aguardar la citación y comparecencia del Capitán General, se pasa a cuarto intermedio, de muy escasa duración porque el senador se encontraba en antesalas. Presente el electo se procedió a tomarle el juramento legal; luego el presidente del Senado pronunció un elocuente discurso: “Acaba de ingresar, expresó al Honorable Senado, el señor Capitán General don Máximo Santos, Director Político de nuestro Partido.

Ante esta figura tan valiosa para nosotros, yo no puedo permanecer ocupando el alto cargo que ocupo y firmemente hago, en este momento, renuncia ante la Honorable Cámara del cargo de Presidente del Senado porque tengo la convicción de que nadie puede ocuparlo mejor que el que acaba de ser recibido senador en este momento”. Aceptada la renuncia los senadores votaron, en mayoría, para presidente de la Cámara al Capitán General Máximo Santos; agradeció éste la inmerecida demostración, pues había venido, dijo, al Senado, con orgullo, a ocupar una banca, pero nunca la presidencia del Honorable Cuerpo, porque no la merecía. Terminó declarando que él era “el primer militar que entra a la Asamblea Nacional y merecido lo tengo, porque he respetado en alto grado la Asamblea Nacional que es el Primer Poder”. De esta manera el continuismo empezaba a hacerse realmente efectivo. Tres días después, el 24 de mayo de 1886, el Dr. Vidal renuncia a su cargo de Presidente de la República pretextando que la tarea era superior a sus fuerzas. Como era lógico, la Asamblea aceptó la renuncia y, en su mérito, el presidente del Senado, Capitán General Máximo Santos, pasó a ejercer las funciones anexas al Poder Ejecutivo, según preceptuaba la Constitución Nacional. El continuismo quedaba consagrado definitivamente, pese a la prohibición constitucional sobre reelección.

Esta es la historia exacta de la creación del departamento de Flores, digna de ser recordada, como tantos otros capítulos igualmente aleccionadores y edificantes.

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