Al canto de la chicharra

ESTAMPAS DE MI CIUDAD

Lic. Hugo Varela Brown

Redacción

Corrían las dos de la tarde en un tórrido fin de semana poronguero, el sol duro e implacable castigaba sin lástima los barrios del rutinario paisaje urbano, muchos vecinos optaban por la siesta que acortaba la calurosa y extensa jornada, otros siguiendo nuestro clásico estilo de vida se “tiraban” bajo los paraísos escuchando la aletargada sinfonía de las chicharras, mensaje irrefutable de altas temperaturas. El verano estaba presente.

El viento refrescante aún demoraba en llegar, por lo que los ranchos y casitas de zinc de la mayoría popular eran refugios reales de nuestra gente de la Trinidad de entonces, mientras otros, con mayores posibilidades combatían el calor en los frescos salones del Beyruti apostando a los pingos en Maroñas. Los menos pasaban el caluroso desafío en los amplios y ventilados salones del 25 o del Centro Democrático, realidades, posibilidades y fantasías se confundían en una policromía social de grandes contrastes.
La quietud de las horas luego de los cálidos mediodías solo era quebrada por algún altoparlante que anunciaba a Luis Sandrini en el Cine Artigas… por el vociferar de los heladeros que recorrían las quemantes calles de balasto y por el canto siempre latente e irrefrenable de las chicharras.
La vida juvenil se fue gestando en la ciudad y en el campo entre mitos y fantasías, realidades y utopías, con el rígido control y estilo de vida de nuestros padres y la imperiosa necesidad de la evasión al control adulto, recurriendo a los más variados e ingeniosos recursos. Nuestra Trinidad al no poseer corrientes cercanas de agua, como sí la tenían otras ciudades, agudizaba el ingenio y el esfuerzo para lograr los objetivos: refrescarse a como dé lugar; en canillas públicas, con mangueras en el fondo de la casa, bajo la ducha o proyectando alguna aventura a cañadas y arroyos más cercanos.
Así fue que el tejido social popular poronguero, comenzó a desplegar su creatividad, saturados de calor y sabiendo que a algún punto o charco de agua había que llegar como aventura heroica para muchos, más aliviada para otros, dependiendo de los medios con que cada uno contara.
El Arroyo Grande, el Río Negro y el Yí, por mencionar algunos bordeando los límites departamentales, no estaban al alcance normal de los muchachos de barrio que en su mayoría contaban solo con la fiel bicicleta, algún ciclomotor, carros tirados por caballos y la incierta posibilidad de “hacer dedo” para que algún vehículo se apiadara y los llevara a nuestros destinos estivales: el Arroyo Porongos, las Brujas, el Paso de la Atahona, la periférica Cañada Monzón, el Paso de la Cruz, el Arroyo Sarandí, la Cañada Varela, las Muchas , entre otros, al alcance de la muchachada y también de las familias que por ellos optaban.
Para los menos la playa El Sauzal de Durazno, las capitalinas o las del Este, a las que muchos muchachos solo las veían por fotografías o luego de que comenzó a funcionar la televisión en Uruguay, eran sitios para minorías con posibilidades de locomoción propia o excursiones lejos del alcance popular.
Las piscinas urbanas eran sueños irrealizables, que se veían en revistas como la Life que nos “guiaba” lo que debíamos adquirir para lograr la felicidad… lejanas y utópicas formas de vida al estilo americano… de los del norte.
La audaz aventura de “largarse en bicicleta” a la cañada más cercana era la alternativa más general y utilizada con predominio claro del Arroyo Porongos, el cual tenía un reducido espacio para baños debajo del puente, salvo para los que sabían nadar que competían en grupos hasta “la toma”.
De vez en cuando la seccional policial de la zona apostaba un vigilante en el ahora remozado Balneario Don Ricardo. Las otras corrientes de agua cercanas no siempre podían ofrecer alternativas para pegarse un chapuzón, dependiendo siempre de las lluvias caídas.
Agobiados por el calor y por la aventura, la ruta polvorienta era marco inhóspito para la muchachada de los barrios trinitarios que se largaban en “pelotón” a cañadas, pasos y arroyos cercanos, algunos con mayor audacia llegaban hasta la playa de Durazno.
Mochila atravesada con pan, mortadela, una botella de agua, un par de naranjas y un infaltable gorro que combatía la peligrosa insolación, no faltaba nunca también el inflador, solución y un par de parches por alguna pinchadura imprevista.
El hacerlo en “barra” la autorización era más fácil para que los padres consintieran la aventura de irse hasta el “balneario”.
La ruta 14 camino al Porongos se convirtió -sábados y en especial domingos- en la más concurrida… llegando también muchas familias desde Trinidad, el objetivo era común, las posibilidades limitadas, incluso para ubicarse en algún lugar bajo el antiguo puente.
La aventura a cañadas o arroyos se convertía en cuna de un encuentro social, en lugar donde no abundaban, la excusa y las peripecias del viaje eran mezcla de aventura y fantasía.
Bajo el puente predominaba nítidamente el sexo masculino, aunque se veía también la presencia femenina bajo la atenta vigilancia paterna, contrastando entre aquellos que tenían algún “cachilo” para llegar y los que iban en “pelotón”. Infaltable el amargo con yerba Sara y alguna tira de asado para audaces que se animaban a quedarse hasta el lunes de mañana.
Desde Trinidad cada uno con su bicicleta, se competía hasta el puente, largando en el Cuartel, a la vuelta si bien la promesa de competencia se mantenía, muchos de los bañistas lograban agarrar viaje en camiones y camionetas, respirando el aire fresco de la tardecita.
Esta realidad formó parte también de una identidad propia de la muchachada poronguera que aún vive en todos nosotros, con otras posibilidades e infraestructuras.
Pidiéndole muy poco a la imaginación y mucho a la realidad nuestra memoria fortalece aquellos tiempos donde… “al canto de la chicharra” los desafíos hacia la aventura estival eran parte de nuestra vida.

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