Lo sindical

William Quinteros
Redacción

El “tormentín” de ASSE, parece que amainó, y quizás sea hora de pensar sobre la estructura de poder del aparato del Estado y el papel que le compete a los trabajadores, tanto de la actividad privada como pública (oficial). Pero también la otra  instancia es fundamental: es la de los “patrones”.

La lucha de clases en sus términos más ortodoxos, es una consecuencia del capitalismo como sistema, como modo de producción. Al usar estos términos no puedo menos que sonreír al verme recuperar un vocabulario setentista, pero aún nos puede ser útil, si no lo fanatizamos. Lo que es más claro hoy, es que si bien las clases existen como consecuencia de la relación trabajo-salario, esas clases están indisolublemente unidas por el imperio del mercado. Si pensamos un ejemplo: un capitalista abre una fábrica textil en el Uruguay y contrata quinientos trabajadores en total (administrativos, técnicos, obreros especializados, operarios). Lo producido está destinado, en principio al mercado interno, el precio del mismo deberá contemplar costos de: materias primas, energía, salarios y por supuesto la ganancia de quien invirtió (para reponer el capital invertido más el beneficio de la inversión).

Cuando la mercadería sale al mercado se encuentra con otras  mercaderías similares pero a un precio muy distinto, mucho más bajo. Reducir el precio para hacerla competitiva puede suponer: abaratar los costos de energía, procurar más bajo precio de las materias primas, o reducir el presupuesto de salarios. Como las primeras condiciones son poco probables, los salarios son el objetivo más próximo, y esto se hace de varias maneras: aumento de la productividad, reducción de personal o directamente reducción salarial. Esto el sindicato no lo va a tolerar, pues se sabe que el patrón tampoco estará dispuesto a bajar sus márgenes de ganancia. El conflicto es inevitable y la consecuencia más probable es el cierre de la fábrica y quinientos desocupados.

Este esquema que puede resultar infantil por su simplificación, tiende a demostrar como los intereses de los patrones no siempre están muy alejados del de los obreros, si bien difieren en sus dimensiones y consecuencias. Lo que aparece inmediatamente como punto común es la fuente de trabajo. Las fuentes de trabajo son en realidad la base económica del Estado. Esta es la razón por la cual la política del Estado debe contemplar las relaciones laborales, pero sus posibilidades de influir directamente son necesariamente limitadas.

Hay un marco legal incluso constitucional que limita al gobierno su intervención, al tiempo que otorga derechos a los trabajadores. En los últimos tiempos las jornadas laborales perdidas por situaciones de conflictos han traspasado los límites racionales, en materia de productividad. No vamos a entrar a cuestionar  la legitimidad de los conflictos, solo constatamos que estos conflictos han llevado consecuentemente a la perdida de jornadas laborales con la consecuente merma en la productividad. No creo que esto beneficie a ninguna de las partes y mucho menos a los intereses de la nación.

El derecho de huelga es incuestionable, incluso internacionalmente, pero lo que si se hace cada vez más evidente es la necesidad de reglamentar de crear normas que orienten el conflicto hacia soluciones más racionales, dejando la huelga como última instancia, cuando ya se han agotado todas las posibilidades de arreglo entre las partes. Esto requiere una buena dosis de responsabilidad patronal y un cambio de mentalidad del aparato sindical.  El sindicato es el arma que tienen los trabajadores en su lucha reivindicativa, pero también debe ser el instrumento que defienda las fuentes de trabajo. La responsabilidad del patrón es la de brindar condiciones de trabajo lo suficientemente buenas como para que el trabajador pueda rendir al máximo, conservando su salud y bienestar. Todo esto parte de un diálogo sincero y abierto entre las partes, democratizar la empresa. Las ganancias, los costos y las proyecciones empresariales no pueden ser un secreto.

El sindicato debe estar enterado verazmente de la marcha de la empresa para poder aportar a su solidez. Eso no significa abandonar postulados organizativos de los trabajadores, por el contrario, mejorar la calidad de vida y trabajo de los miembros del sindicato es un objetivo primordial. Pero aquí podemos distinguir entre la lucha reivindicativa inmediata, (por ej. un aumento de sueldo) de la reivindicación estructural, que implica seguridad laboral, condiciones de trabajo y salarios acordes al costo de vida.

Más de una vez las mejoras salariales deben postergarse en aras de mejoras laborales de otro tipo, por ejemplo: Derechos jubilatorios, derechos vacacionales, permiso por enfermedad, etc.
Volviendo a la terminología que llamé “setentista” digamos que debemos distinguir entre loque es la “plusvalía absoluta” de lo que es la “plusvalía relativa”.

Hasta el día de hoy  existen quienes compran fuerza de trabajo y quienes venden fuerza de trabajo, esta relación no ha cambiado incluso en los intentos socialistas, lo más que hemos llegado a ver es al Estado como un gran comprador de fuerza de trabajo. Aceptando esta realidad, debemos llegar a la conclusión que no está mal “ganar más”, vale esto para el patrón como para el obrero, lo que tenemos que ver son las reglas que regulan las relaciones laborales desde una perspectiva distinta de la inmediata. Estas relaciones deben de tener en cuenta los intereses nacionales, que se refleja en producto bruto interno, y como se distribuye el mismo, en beneficio de la población. Es aquí donde la central que nuclea los trabajadores tiene su rol fundamental, lo mismo que la organización que nuclea a los patrones.