Arco Iris de colores: cometas en los barrios… cometas en el cielo

ESTAMPAS DE MI CIUDAD

Lic. Hugo Varela Brown

Redacción
Los jardines van ganando espacios en los barrios trinitarios, los cantos de los pájaros se disputan los frondosos árboles de las quintas porongueras. Imposible de olvidar las diversiones baratas en los viejos tiempos, de los afiladores de barrio, peluqueros, curanderos y zapateros a domicilio. La gurisada intuía la venida de la temporada y comenzaba a recorrer aquellos viejos boliches de nuestra querida Trinidad, buscando papel de diario o de estraza descartado por los bolicheros.
Los que tenían algún pesito en el bolsillo compraban el papel de cometa en diversos colores, con el hilo incluido.
El “combo” ya venía preparado en el almacén del barrio, de gurises descalzos, campitos de fútbol con pelota de goma, bicicletas sin frenos y matinées en el Artigas.
En las zonas despobladas de Trinidad, donde los cañaverales brotaban con asombrosa rapidez, y las flores adornaban los patios de casas humildes de limoneros y naranjos en flor; la gurisada “olfateaba “el ambiente. Se venía: EL TIEMPO DE LAS COMETAS… porque tenía y aún lo sigue teniendo: su tiempo, su momento.
Setiembre y octubre, momentos de primaveras ventosas y tardecitas de mate dulce y pan casero horneado en el fondo del rancho. El tiempo de las cometas todo lo podía, ocupando un maravilloso lugar en la vida de los niños y no tan niños. Sacudía el ambiente de los barrios de gente humilde, de trabajadores que quedaban algún par de horas más en las escasas y tradicionales fuentes laborales de Flores, cuando se podía hacer algún pesito más de tiempo extra, nada frecuente por cierto.
COMETAS en el barrio y en el cielo, con enorme variedad y diversidad de formas y tamaños, incluso hasta en ellas se definía el sector social al que pertenecía su orgulloso dueño. Estaban aquellas que se hacían con restos de diarios y cañas cortadas a mano, con piolín de envolver, lo que era peligroso porque ante cualquier viento se cortaba y había que comenzar a correr detrás del barrilete. Algunas, de acuerdo al viento, llegaban hasta la Chacra de Castro, Camino a la Aviación, con suerte que no quedara enganchada en algún árbol o hilo de “la luz” como antes se decía.
Estaban también los “artesanos cometeros”, viejo oficio muy poco conocido pero latente, que eran los que las hacían por encargues de padres para sus hijos, y estaban los “especializados” que eran pocos que construían aviones, faroles y barcos, que aunque parezca una contradicción… eran barcos voladores.
Definidas las categorías, el tiempo de las cometas revestían un mágico encanto juvenil en los concursos, en los modelos, en las batallas que consistían en colocar una hoja de afeitar en la cola de la cometa para cortársela al otro, previo aviso, aunque por supuesto en la vida siempre existieron los “rápidos” que sin avisar te cortaban la cometa y según “las cuadras” de hilo (pues se medían por cuadras) una cometa podía llegar a varios barrios de distancia. En los alejados huertos trabajados a mano por sus dueños, caían muchas cometas sobre los maizales.
En cuanto a las categorías artesanales: estaban las cometas cuadradas -las que hacían los chambones como el abajo firmante, las bombas, las estrellas, los barriletes, y algunas que ni se sabían que eran y nunca remontaban porque o tenía poca cola, que se hacía de restos de trapos, o un tiro estaba más largo que otro, o porque lisa y llanamente estaba mal hecha.
En los boliches de barrio al acercarse la temporada de cometas, se vendían hilo en rollos chicos, medianos y grandes (el mismo que se utiliza para coser matambres), papel cometa de diversos colores y cemento, aunque la mayoría las pegaban con engrudo nomás (definición de engrudo: agua y harina que le había sobrado a la madre de los tallarines del domingo).
Las tardes de los barrios trinitarios, luego de hacer los deberes o en las vacaciones de primavera, se llenaba de gurises remontando sus cometas, algunos no tenían mucha “plata” para comprar hilo y no llegaban a la cuadra, pero los más fanáticos cometeros les ponían más de 3 o 4 cuadras de hilo, siendo la envidia y la admiración de los que poco tiraje lograban.
Los vientos imprevistos hacían también su obra en la destrucción de cometas, las cuales algunos siempre se las ideaban para descolgarlas de los hilos con el consabido riesgo que eso originaba.
El cielo era un arco iris de colores, de formas, de estilos, de mensajes que largaban por el hilo, de arte barrial, de diversión sana y popular que aún logramos ver, aunque cada vez con menos vigor.
ES EL MUNDO DE FANTASIA QUE NO QUIERE DESAPARECER, y que dice presente en las Estampas de mi Ciudad para fortalecer su divertida, sana y entretenida diversión.
Aleluya por el tiempo de las cometas… de ayer, de hoy y de siempre!!