Noviazgo a puro pedal… “¡Aún no nos conocíamos bien!”

ESTAMPAS DE MI CIUDAD

Corrían las gélidas tardes de un invierno a “todo trapo”, para más datos, más o menos por fines de la década de los 50. Como todo gurí vivíamos muy de cerca todo lo que se moviera en nuestro entorno, en una ciudad donde poca cosa pasaba diferente, obligados a remarcar las rutinas de la vida como hechos curiosos y anecdóticos, aunque para muchos sólo fueran meros aconteceres del transcurrir pueblerino.

Uno de los Fontes, de los tantos que había en Trinidad, había conocido una posible prometida en una kermese de una escuela rural, allá cerca del boliche-pulpería de De Luca, pasando la Atahona, un par de kilómetros a la derecha.
Nuestro amigo Fontes vivía allá por la calle Uruguay cerca de una conocida panadería que llevaba el mismo nombre de la calle, siendo sus propietarios el Gordo Márquez y don Miguel Farro.
La costumbre de la época estipulaba que las visitas de novios, cuando oficialmente se declaraba el vínculo, debían hacerse martes, jueves y domingos luego de las cuatro de la tarde, si las condiciones laborales lo permitían. El susodicho Fontes estaba de novio con una señorita de una zona rural muy despoblada, como tantas en el Uruguay vacío, ubicada pasando lo De Luca, con caminos sólo trazados por animales, siendo clásico el dicho: ”Vamos por el camino de ovejas”.

Para llegar al rancho de la prometida, desde Trinidad debía recorrer 18 kilómetros de ida y otros de vuelta, con parte del recorrido en pleno campo abriendo y cerrando cuatro porteras hasta llegar a destino. Por más que se esforzaba perfumándose y poniéndose talco Palmolive, el novio llegaba a destino muy transpirado, luego de atravesar el camino a la Aviación, pasar el Paso de la Atahona, en el cual se refrescaba un poco, descansando un rato a orillas de la cañada para continuar el viaje hasta su objetivo. El amor todo lo puede, dice un viejo dicho, que se hacía realidad en la travesía ciclística.

La bicicleta de Fontes si bien tenía los manillares para abajo no era de ciclista ni cerca, contaba con guardabarros niquelados, un farolito delantero con dínamo en la rueda por si lo agarraba la noche pedaleando, llevando además un par de parches, solución y un inflador, implementos que lo salvaron más de una vez de quedarse en el camino. Todos, pero todos… los martes, jueves y domingos, cuando el reloj pisaba las 5 de la tarde, salía el novio pedaleando fuerte por los caminos solitarios de nuestro Flores rural.
La costumbre indicaba que el prometido debía pasar directamente a la sala de recepción donde la novia lo estaba esperando. Sin saludar a nadie más de la familia, el hombre pasaba “durito” por el frondoso patio del rancho, y por más que se tropezaba con la madre, dos hermanos y el padre que ensillaba un tordillo parejero, el tipo cumplía a rajatabla los reglamentos impuestos por la costumbre local… ni dirigía la mirada para los costados… firme y de largo hasta llegar a la “sala”.
Era un ambiente, como todo el rancho, de paja y terrón, con ventanas de doble hoja, piso de tierra donde algunas pulgas se recreaban en dicha sala donde había una vitrola a cuerda, un mueble viejo con espejo y dos sillas donde los novios se sentaban a planificar su futuro. De vez en cuando se sentía el sonido de la vieja vitrola con el vals “Lágrimas y Sonrisas” que se escuchaba una y otra vez, pues tenían también un disco de aquellos chicos de Troilo rayado en una de las caras.

Al retirarse del encuentro amoroso, en el cual a lo máximo se podía tomarse únicamente de las manos y sólo eso!!, Fontes ahí sí saludaba al resto de la familia, y apuntaba su pedaleada hacia Trinidad.
El viaje de vuelta era toda una odisea, pues la noche lo sorprendía en pleno retorno, ni les cuento cuando se veía a lo lejos las tormentas “rurales”, que son más vistas y sufridas que en el pueblo.
Por más que Fontes traía algún chorizo casero en su mochila y choclos para comer asados, el viaje como decimos en Flores, “no era changa”. Pero lo más curioso y destacable de los hechos es que estuvo 22 años haciendo el mismo recorrido… y a decir verdad la novia y su familia ya estaban algo cansados de que no concretara casamiento por lo que en un arrebato de pérdida de paciencia ella decidió casarse en tres meses con un peón rural de una estancia cercana, que le venía “arrastrando el ala” cuando iba a esquilar las ovejas del rancho.

Fontes quedó “pagando”, desconcertado, atónito, con tantos kilómetros arriba que si en aquellos tiempos hubiera habido categoría seniors, sin dudas estaba bien preparado para largar la Vuelta de Veteranos. Un amigo se atrevió a preguntarle porqué había demorado tanto en concretar su enlace y Fontes con la verdad en la mano y una sinceridad pueblerina le respondió: “Es que aún no nos conocíamos bien…”.

Cosas de nuestro Flores, estampa que debe haber pasado en muchos lugares del país, pero con sinceridad les digo: fue pura verdad aunque les cueste creerlo.
Al final el postulante vendió la bicicleta y puso un boliche allá cerca del viejo Parque Lavalleja, la foto de su enamorada la conservó por un tiempo, pero al final se calentó y la sacó de un tirón y la cambió por una del Club Matadero, de la divisional de ascenso poronguera en la que el Bocha Pérez sobresalía con la pelota bajo el brazo.
¿Recuerdan, no?, el de la camiseta azul y blanca con franja transversal roja.
El longevo novio, quería asegurarse bien en el tiempo. No todos gozamos de la misma paciencia… después de todo 22 años pasaron muy rápidamente y lo agarraron desprevenido al hombre…

Trinidad
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