Uruguay y su democracia

Uruguay se sitúa en la primera posición del «Índice de Desarrollo Democrático» en América Latina, según un estudio realizado por la fundación Konrad Adenauer (KAS) y la consultora argentina Polilat. Detrás están Costa Rica y Chile.
Muy similares resultados arroja otro informe, en este caso de The Economist Intelligence Unit, a través de un índice que rankea de 0 a 10 el estado de la democracia en 165 países.
Los índices que se analizan son el pluralismo, el proceso electoral, las libertades civiles, la funcionalidad del gobierno y la cultura política. A partir de todas ellas, el informe concluyó que Latinoamérica tiene problemas para avanzar en la democracia, y estableció a Uruguay y Costa Rica como las únicas democracias plenas del continente.
Estos informes no hacen otra cosa que ratificar una tradición que es propia de nuestro país; propias de un pueblo cuyas convicciones democráticas han sido ejemplo en el mundo. Convicciones democráticas que demostró poseer en los peores momentos, en la lucha contra el autoritarismo cuando éste violentó las libertades, dejando como saldo por esa causa muchos muertos, torturados y desaparecidos.
Hoy, a treinta años de reconquistada la democracia, Uruguay ha transitado un proceso de consolidación de un sistema de vida digno y humano, pero que siempre es perfectible. Mucho más perfectible en la medida en que tengamos partidos políticos fuertes, verdaderamente representantes de una ciudadanía demandante y participativa.
No extraña que nuestro país esté a la vanguardia del índice de desarrollo democrático, porque ha sabido superar a través de los sucesivos gobiernos etapas muy difíciles, que provocaron altos índices de pobreza hoy largamente superados por políticas sociales que han respondido a los intereses de esa población más vulnerable. Esto también es parte de ese camino de perfeccionamiento del sistema de vida democrático, que está asociado con una más justa distribución de la riqueza generada por el esfuerzo de los uruguayos.
Pero ese tránsito es permanente, queda mucho para mejorar porque todavía el Uruguay –pese a su privilegiado posicionamiento democrático en América Latina- debe avanzar mucho más en la búsqueda de la plena equidad social, de una educación que llegue a todos con los mejores niveles, de una salud que no tenga excluidos, de una seguridad que asegure una convivencia armónica.
En la medida que continuemos proyectándonos en ese sentido, más consolidado y firme estará nuestro sistema democrático.
Pero para ello también se necesita de un gobierno capaz de interpretar fielmente los intereses de la ciudadanía, que dé espacios de participación a las fuerzas políticas de la oposición, para poder conjugar su aporte en temas que tienen que ver con los intereses generales de la nación.
Eso también está sucediendo en el Uruguay de hoy, demostrándose ello en todos estos años, ratificándose en este período de transición, donde el Presidente electo ha comprometido participación de la oposición en cargos de relevancia, en una expresión de apertura que mucho contribuye con la afirmación de nuestro sistema democrático.
Así las cosas, no nos extraña que nuestro país se ubique en la primera posición en materia de desarrollo democrático en América Latina, pero el camino no termina aquí.