Ofertas electorales

David Rabinovich
Columnista
Las elecciones de mayo serán la culminación de un largo y cansador periplo que transitamos para intentar definir el futuro político del país, sus regiones, departamentos y localidades. Muy largo, muy caro. Complicado de entender y más de participar.
La política, reducida a una danza de nombres y declaraciones puede ser interesante, pero no lo más importante. Hay otra política que dura más que lo que va de las internas a las departamentales y ese es ya demasiado tiempo. Hay una política que se define en un grupo selecto de poderosos, generalmente durante años. Los cambios son lentos, los procesos son visibles sólo en parte. Hay poderes que no son electos cada cinco años. Son impuestos por el sistema y muchas veces en forma nada democrática y poco clara.
Pero en mayo hay elecciones. Los políticos comprometen programas, o deberían hacerlo; los ciudadanos votamos para elegir qué programa nos gusta más; o debería ser así.

En un mundo donde todo parece comprarse y venderse asistimos a una desagradable (para mí) “oferta electoral” cuya amplitud tiene cada vez más buena prensa. Las utopías, los sueños, los cambios profundos que enderecen tantas cosas que funcionan torcido, ocupan un lugar secundario en las agendas electorales. Por lo menos si nos referimos a lo que aparece como visible a través de los medios.
Me parece esencial considerar qué propuestas nos aseguran la más amplia vigencia de los “Derechos Humanos”. De todos los derechos humanos, los más esenciales llamados de primera generación y los que integran la agenda de “nuevos derechos”.
Para consagrar la vigencia plena de esos derechos es necesario contar con servicios y recursos públicos que estén pensados con esa finalidad. Muchas veces me pregunto por qué aparece con insistencia el “crear un buen clima de negocios”, “ofrecer seguridad jurídica”, “promover las inversiones” como objetivos de los programas políticos y a partir de lograr un fuerte “crecimiento económico”, -como subproducto- la sociedad nos entregará una mejor atención a la satisfacción de los aludidos derechos inherentes a la condición humana.

El crecimiento económico, puesto como condición para el desarrollo humano, requiere de abundantes y adecuados “Recursos humanos”. Y el lenguaje mercantilizado se adueña del análisis para sesgarlo. Se naturaliza, mediante ese mecanismo, la idea que el sistema es intocable. Pero la verdad es que vivimos bajo un sistema que no promueve los derechos humanos como centro de la actividad de las sociedades. Muy por el contrario. Para analizar esto hay que hablar de “desigualdad” y para ello se requiere mucho espacio. Prometo intentarlo en la próxima nota.

Una empresa cualquiera si tiene más de un dueño, es una sociedad y debe contar con capital. Existe, desde el punto de vista contable, un capital social. Pero el concepto se usa también de otra forma. “El Capital Social es considerado la variable que mide la colaboración social entre los diferentes grupos de un colectivo humano y el uso individual de las oportunidades surgidas a partir de ello, a partir de tres fuentes principales: la confianza mutua, las normas efectivas y las redes sociales.
El capital social se refiere a los aspectos que permiten que prospere la colaboración y el uso, por parte de los actores individuales, de las oportunidades que surgen en estas relaciones sociales.

“El término capital social que proviene de una analogía con el de capital económico, fue usado por muchos autores en sociología y modelos de economía alternativos para analizar ideas como la de desarrollo sostenible”. (1)
El valor colectivo de las redes sociales (no me refiero sólo a Facebook o Twiter), es considerado para la formulación de políticas. Por ejemplo, las políticas de fomento y promoción de la propiedad y la gestión social a través del sistema cooperativo, tienen mucho que ver con las ideas que sustentan concepciones de izquierda. La derecha, por otra parte, lo que promueve es el valor de la acción individual, el “emprendedurismo”, la competencia y no la solidaridad.
A veces el capital social puede tener connotaciones negativas, como en el caso de mafias diversas (los contactos y redes sociales creados entre varias personas sólo para su propio beneficio). Estas asociaciones pueden generar discriminación y hasta graves daños sobre individuos o grupos que no pertenecen a ellas.
Entendido como una construcción social que “busca la participación y el beneficio solidario con la mayor amplitud, el capital social apunta hacia aquellos factores que nos acercan como individuos y a cómo este acercamiento se traduce en oportunidades para la acción colectiva y el bienestar del grupo”.

Mucho de todo esto está presente en la discusión sobre el pasado, presente y futuro de la educación. Sobre sus éxitos y fracasos, virtudes y defectos. La formación es una suerte de capital social pero que detenta cada individuo. Por otra parte están sus relaciones, la forma en que está ubicado en la sociedad, los círculos a los que pertenece o tiene acceso. Todo eso determina, más allá de sus capacidades, cuáles serán sus posibilidades reales. Este tipo de capital social se trasmite, fundamentalmente por herencia o se adquiere por matrimonio. Los méritos personales cada vez pesan menos y partimos de situaciones muy distintas, por lo que disponemos de opciones y oportunidades diferentes. Es importante qué conoces, pero mucho más “a quién».

Los gobiernos locales pueden hacer mucho en beneficio de las personas. Desde lo local se construye capital social y consciencia del valor que tienen los derechos humanos. Otro mundo es posible y ciertamente su construcción requiere tener una conciencia global, pero una actuación local.
Las municipales de mayo son una buena oportunidad de votar buenas propuestas y ponerlas en manos de buena gente.

(1) En base a la Wikipedia