El vuelo del Cóndor

Mirtana López
Columnista

En pocos días –cuatro-, leí “Las cenizas del Cóndor” de Fernando Butazzoni. Como se trata de una obra de más de 700 páginas, estamos hablando de una proeza; en particular para alguien que normalmente lee sin apuro y sin abandonar otras costumbres. Costumbres entre las que está dejar en la mesa de luz el libro que en ese momento es “el que estoy leyendo” para hacer otras cosas. Costumbres entre las que también están las de intercalar otras lecturas más breves, como la de diarios, un repaso por internet y hasta otros relatos. ¿Por qué motivo esta novela, -crónica, relato histórico, testimonio-, me transformó en lo que Piglia llamó “el lector adicto, el que no puede dejar de leer”?

La excepcionalidad de la situación está en la obra, en la propuesta de Butazzoni y, quizá, en la edad de la lectora. Porque hace una recreación absolutamente impresionante del tejido sobre el que se fue armando el Plan Cóndor; utiliza con conocimiento la información histórica de la que se dispone en la actualidad sobre sus creadores y sus hacedores; expone con dolorida humanidad los sufrimientos de sus víctimas junto a las transformaciones que las circunstancias de torturas, miedos y persecución van produciendo. Al mismo tiempo, y por encima de esa red inmensa de información para la venganza política que fue el Cóndor, caracteriza toda una época en que la KGB no era una entelequia lejana, la DINA actuaba diariamente acrecentando sus vínculos y la CIA dirigía tanta cosa… Como sí, ya lo sospechábamos. Sobre esos años de crecimiento y muerte de las dictaduras del cono sur, se instala una lente más amplia, abarcativa de los años 1973 a 2000 o 2002.
Pero la excepcionalidad del relato está en su compromiso. De la honestidad vital que alimenta el compromiso de Butazzoni es que surge esa extraña mezcla que asume el relato. Extraña mezcla de novela, porque mucho de su trama es ficción; crónica periodística, porque el argumento se sustenta en episodios reales vividos o descubiertos por el autor; relato histórico, documentado con precisión; investigación permanente, con la presencia del relator en la trama más la habilidad de dar un toque policial a toda la lectura en la que los personajes ficticios “conviven” con los reales o ya históricos.
El relato toma posición. Está escrito para testimoniar, para contribuir a develar los horrores en los que es capaz de caer el ser humano cuando se enceguece detrás del poder, de sus intereses, de sus ideas. Toma posición aunque es capaz de mostrar los defectos y las debilidades de todas las posiciones. Así, nos encontramos con una joven idealista -casi guerrillera-, tan perseguida y debilitada que en el presente del relato se ha encerrado en sí misma para continuar una vida solitaria. Al igual que una agente de la KGB.  Sin embargo, cuando se trata de caracterizar a torturadores o asesinos –sean los prácticos como Contreras o los que lo exigen como Pinochet- el autor parece encontrar su mejor forma de pintura de caracteres. Sin omitir la trágica personalidad del personaje central, héroe y villano, al que el lector ama y odia, alternativamente.
De ese compromiso ético con una de las posiciones nace también el valor testimonial de la investigación que sustenta todo el relato que, aún hoy, mantiene vigencia confirmando la necesidad de continuar la búsqueda de la verdad para que la memoria y la justicia no se pierdan. En ese sentido el libro de Butazzoni hace una hermosa contribución y da un enorme empuje a la tarea que hoy, con nuevo gobierno de izquierda, parece tímidamente recomponerse.
La contribución de Butazzoni es todavía más intrínseca al relato. Porque, si “para poder definir al lector, diría Macedonio, primero hay que saber encontrarlo”, creemos que él ha logrado “un relato inquietante, singular y siempre distinto” tal como definía Ricardo Piglia a la narración particular que va en busca de nosotros, “lectores imperfectos pero reales”. Lectores entre los que deberán estar las generaciones que no pueden ayudarse con su memoria para entender los datos que están apareciendo de aquellas atrocidades. Esas generaciones de los más jóvenes quizá son las que más necesitan sentir esta historia como la suya, como propia, sin anonimatos, silencios o vacíos. Ocurrida en estos países; en éste, nuestro país.
En un capítulo final al que titula “Después de las cenizas…”, nos aclara el autor: “Este libro, aunque se apega a los hechos, es una novela y como tal debería ser leída. (…). Este libro es una novela, sí, pero los canallas que habitan sus páginas son canallas de la vida real y es importante nombrarlos para no olvidar…”.
“Las cenizas del Cóndor”, tituló Butazzoni a su novela. Ojalá sean, definitivamente, cenizas.

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