“Es América Latina, la región de las venas abiertas”

“Rayuela”, “La ciudad y los perros” y “La muerte de Artemio Cruz” fueron publicadas en 1962; “Cien años de soledad” en 1967. “Yo el Supremo” en 1974. Es bueno recordar estas fechas para encuadrar, en el mundo de la escritura, la aparición de “Las venas abiertas de América Latina”, en 1971. Bolivia, Brasil Paraguay, Perú transitaban por terribles dictaduras. Los uruguayos nos encaminábamos a ella. El Chile de Allende era asediado. Argentina, salía de un gobierno militar para entrar en otro.
Las fechas elegidas enmarcan las dos temáticas que fraguaron la polémica constante que acompañó y acompaña este libro de Eduardo Galeano. Para quienes lo admiramos, los más de 40 años de polémica han reiterado lo que, en definitiva, son dos posiciones ideológicas a veces disfrazadas de disquisiciones intelectuales. Quienes discrepan o discreparon con Galeano, le atribuyen a lo que es contenido, defectos formales. Por ejemplo que no hace historia bien fundamentada. O lo consideran limitado como escritor, en su estilo, en su prosa, en sus recursos. Por ejemplo, por su uso de las oposiciones y los contrastes, lo acusan de pensamiento maniqueo. Desde la posición de admiradora, tanto de su enfoque latinoamericanista como de sus contenidos y de su escritura, elegimos citar una reciente opinión de Mempo Giardinelli para respaldarnos: “Las venas abiertas… fue un libro absolutamente original y para él consagratorio. Pero lo grande es que todavía sorprende. Está vivo como el primer día y sigue siendo una clase magistral de historia en tanto revisión de los dolores del continente hecha en base a investigación, información precisa, un sentido de justicia inclaudicable y una belleza en la escritura impresionante”. Podríamos citar a muchos otros, relevantes escritores, que lo alaban. Pero, ahora, Eduardo Galeano murió. Ahora, serán todos sus escritos –más algún inédito -, los que respondan por él. Y lo harán no solamente en defensa de los débiles, los oprimidos, los perdedores, los vencidos. Lo harán también en defensa de su propio legado, tan increíblemente atacado desde el egoísmo o la incomprensión: “fallido pero exitoso ensayo sobre las hipotéticas razones de las miserias subcontinentales” dice todavía hoy un párrafo que integra una nota necrológica.
Desechemos la tentación y, en lugar de intentar respuestas, recordemos algunos pasajes de aquella biblia generacional que sobrevive:
Galeano usa un acápite: «…Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez…» (Proclama insurreccional de la Junta Tuitiva en la ciudad de La Paz, 16 de julio de 1809)
Ubica el tema: «Se ha oído hablar de concesiones hechas por América Latina al capital extranjero, pero no de concesiones hechas por los Estados Unidos al capital de otros países… Es que nosotros no damos concesiones», advertía, allá por 1913, el presidente norteamericano Woodrow Wilson. Él estaba seguro: «Un país –decía– es poseído y dominado por el capital que en él se haya invertido». Y tenía razón. Por el camino hasta perdimos el derecho de llamarnos americanos, aunque los haitianos y los cubanos ya habían asomado a la historia, como pueblos nuevos, un siglo antes de que los peregrinos del Mayflower se establecieran en las costas de Plymouth.”
Su comprensión de la Historia: Para quienes conciben la historia como una competencia, el atraso y la miseria de América Latina no son otra cosa que el resultado de su fracaso. Perdimos; otros ganaron. Pero ocurre que quienes ganaron, ganaron gracias a que nosotros perdimos: la historia del subdesarrollo de América Latina integra, como se ha dicho, la historia del desarrollo del capitalismo mundial. Nuestra derrota estuvo siempre implícita en la victoria ajena; nuestra riqueza ha generado siempre nuestra pobreza para alimentar la prosperidad de otros: los imperios y sus caporales nativos. En la alquimia colonial y neocolonial, el oro se transfigura en chatarra y los alimentos se convierten en veneno. Potosí, Zacatecas y Ouro Preto cayeron en picada desde la cumbre de los esplendores de los metales preciosos al profundo agujero de los socavones vacíos, y la ruina fue el destino de la pampa chilena del salitre y de la selva amazónica del caucho; el nordeste azucarero de Brasil, los bosques argentinos del quebracho o ciertos pueblos petroleros del lago de Maracaibo tienen dolorosas razones para creer en la mortalidad de las fortunas que la naturaleza otorga y el imperialismo usurpa.
La historia es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás: por lo que fue, y contra lo que fue, anuncia lo que será. Por eso en este libro, que quiere ofrecer una historia del saqueo y a la vez contar cómo funcionan los mecanismos actuales del despojo, aparecen los conquistadores en las carabelas y, cerca, los tecnócratas en los jets, Hernán Cortés y los infantes de marina, los corregidores del reino y las misiones del Fondo Monetario Internacional, los dividendos de los traficantes de esclavos y las ganancias de la General Motors. También los héroes derrotados y las revoluciones de nuestros días, las infamias y las esperanzas muertas y resurrectas: los sacrificios fecundos.”
Su sentido del humor: “El dictador argentino Juan Carlos Onganía estuvo a punto de anticipar en dos años su caída, cuando en 1968 intentó aplicar un nuevo régimen de impuestos a la propiedad rural.”
Su concepción esperanzada: “No asistimos en estas tierras a la infancia salvaje del capitalismo, sino a su cruenta decrepitud. El subdesarrollo no es una etapa del desarrollo. Es su consecuencia. El subdesarrollo de América Latina proviene del desarrollo ajeno y continúa alimentándolo. Impotente por su función de servidumbre internacional, moribundo desde que nació, el sistema tiene pies de barro. Se postula a sí mismo como destino y quisiera confundirse con la eternidad. Toda memoria es subversiva, porque es diferente, y también todo proyecto de futuro.”
El final: “Y porque en la historia de los hombres cada acto de destrucción encuentra su respuesta, tarde o temprano, en un acto de creación.”