Cuando las palabras no saben lo que dicen

William Quinteros

Columnista
La historia reciente ha tomado en los últimos meses una especie de “embalaje”, como aquellos de los lejanos tiempos de la Vuelta Ciclista, cuando la escuchábamos por la Spica y uno de los héroes era el “Musculoso Villanueva”. Pero esta vez el “embalaje” agarró por el camino de al lado. La venida al Uruguay, de una manera estrafalaria e histriónica, de quien fuera actor importante de los sucesos de los años 60 y principios del 70 intentaron poner a la luz del sol hechos y conductas personales, que a mi entender, no lograron aportar nada a lo que podríamos llamar, de forma petulante, verdad histórica.
A lo que sí dio pie, fue a una catarata de adjetivos, que desde un punto idiomático tienen significados muy fuertes, pero que al ser usados de manera indiscriminada pierden su verdadero alcance, para pasar a ser meras imputaciones. El término “traidor” es uno de ellos. Se refiere a una conducta, que sin duda es la más despreciable en nuestra cultura. La historia nos muestra un sin número de ejemplos, a los cuales nos podemos referir para entender el verdadero significado y alcance del término.
Los procesos históricos nunca son lineales y siempre, absolutamente siempre son objeto de interpretaciones, por eso es muy difícil emitir juicios definitivos sobre lo que sucedió y sus consecuencias. Lo que en un momento nos parece oportuno y correcto, al pasar el tiempo se puede transformar, no solo en una debilidad o incorrección, sino también, en una claudicación.
Nosotros veteranos ya, recordamos la famosa huelga bancaria en la época de Pacheco Areco y las Medidas de Seguridad. El fin de la huelga generó dentro del gremio y de la izquierda uruguaya una situación de enfrentamiento y quiebre muy doloroso. Aun hoy no hemos conseguido valorar unánimemente aquellas determinaciones, que llevaron al levantamiento de la huelga con cientos de destituidos y otras consecuencias nefastas para el país. Pasaron los años y en febrero de 1973, febrero amargo como lo calificara don Amilcar Vasconcellos, vimos a buena parte de la izquierda uruguaya apoyando las acciones de los militares, los mismos que venían torturando indiscriminadamente en los cuarteles a miles y miles de uruguayos, violando todas las normas legales en lo nacional e internacional. Sin embargo incluso las víctimas y sobre todo las que habrían de ser poco tiempo después víctimas en alto grado, no solo abrieron cartas de crédito a estos militares, sino que aplaudieron algunos de sus enunciados. No fue necesario que pasara mucho tiempo para que el error quedara a la luz del día, apenas cuatro meses, estos mismos militares, impulsados por el presidente elegido en elecciones libres, entraban en tropel a nuestro templo legislativo borrando con sus botas nuestra tradición democrática. Cuando ya agotado el régimen dictatorial busca una salida a bajo costo, se llevaron a cabo las conversaciones que culminaron en el conocido Pacto del Club Naval. Esta instancia histórica aun es motivo de controversias, y los años transcurridos no terminan de mostrarnos lo acertado o des-acertado de dicho acuerdo.
Podría seguir acumulando ejemplos, pero creo que son suficientes para que reflexionemos a la hora de emitir juicios tan contundentes y aplicar calificativos tan descalificantes como el de “Traidor”.
Lo que he dicho hasta ahora tiene la intención de aportar un poco de cordura en los debates que han arrastrado a viejos militantes tupamaros, algunos de ellos con cargos de gobierno, como el Ministro de Defensa, Ministros del Interior, a un expresidente hoy Senador. Personas que después de haber sufrido las más crueles torturas, no abandonaron la escena política y siguen dedicando sus vidas, a lo que ellos creen, es correcto para el bienestar general. Son personas y como tales, han acompañado el desenvolvimiento histórico desde sus capacidades y convicciones, que no tienen por qué ser las nuestras ni mucho menos ser iguales o idénticas a través de los años. En todos los casos son seres humanos que nos merecen, como cualquier otro ser, consideración y respeto, cuando es evidente que obran de acuerdo a su conciencia y de forma honesta. ¡Esto si es definitivo!, que obran movidos por convicciones que tienen por objetivo el bien común y lo hacen de forma honrada.
Quienes en un, a mi entender, desborde de subjetivismos y mal versión, han sido capaces de comparar a estas personas, que han sido elegidas por el pueblo para que ocupen cargos de gobierno, con este recién llegado, que según sus propias palabras, vendió a los autores de los mayores crímenes de lesa humanidad, la seguridad y vida de personas, muchas de ellas inocentes, por una falsa identidad, un pasaje al exterior y algunos dólares, no solo me parece una barbaridad desde todo punto de vista, sino un injusticia histórica que es imprescindible subsanar.
En las duras luchas populares vamos a encontrar todos los matices que hacen a nuestra naturaleza humana. Desde los comportamientos heroicos hasta las más abyectas de las conductas. Así lo vimos en el MLN Tupamaro, como el Partido Comunista por solo nombrar dos actores preponderantes en la época aquella. Saber distinguir estas conductas nos va a significar no equivocarnos a la hora de elegir de nuestros compañeros de ruta, sabiendo que las contradicciones en el seno del pueblo no son antagónicas. Lo que sí es siempre despreciable es la traición, para la cual no existen razones ni argumentación que la trate de justificar.

Trinidad
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