La democracia que pocos ven

VIENDO A RADA

José V. Andrade

Redacción

Según la expresión del griego, “democracia” es el gobierno del pueblo, aunque de la infinidad de actos con las que se le puede identificar, la protesta y la demanda son algo así como la cara visible del ejercicio de la misma, en desmedro de otras oportunidades que son puertas que están esperando un puño que se digne a abrirlas.

Este viernes 27, me encontré –termo y mate en mano- mirando a Rubén Rada y otros nueve músicos que integran su Banda “Confidence”. No se presentaba en un teatro, ni en un festival. Tampoco, en un lugar exclusivo. Lo hacía en el auditorio al aire libre que tiene la “Fundación Atchugarry”, en su predio de veinticinco hectáreas, en el departamento de Maldonado.

No soy crítico de espectáculos, acaso un observador de algunos acontecimientos a los que avizora interesantes y en los cuales hace esfuerzos por ver más allá de lo que muestran. Y disfruté de un Rada que, con setenta y tres años, y al frente de afiatados músicos, ejecutó creaciones muy cercanas a las que ejecutaba con su legendario “Totem” en la década de los 70’. Muy aplaudida fue su vocalización de “Georgia on my mind”, de Ray Charles y que redondeó con ritmos de estilizados candombe, los cuales invitó a bailar.

Aunque tampoco soy crítico de arte, comprendí que el entorno natural del espacio, con la miscelánea de esculturas de artistas reconocidos a nivel internacional (incluyendo al propio Pablo Atchugarry) era un convite a la sensibilidad, muy difícil de rechazar.
Impensadamente, fui enhebrando la gratuidad del espectáculo de un exitoso, con lo monumental de las esculturas a cielo abierto que adquirían majestuosidad con estratégica iluminación. Las asocié con la libertad de acceso a los inmaculados salones, donde se exponen cientos de creaciones pictóricas y tridimensionales, para inferir que alrededor de mil personas no habían pagado para la oportunidad de más de dos horas de disfrute.

Al propio Atchugarry se le vio deambular en el predio, entre el público, aunque se abstrajo de subir al escenario, cosa que presumiblemente haya advertido a los artistas para que no lo convocaran al mismo. Pensé, entonces, si no era un privilegio poder acercarse a ese espacio que pretende ser un imán catalizador de limaduras, para intentar una amalgama que se funda en un crisol de arte para todos.

El escenario era inundado por el efecto de las luces y las nubes de humo, mientras el jazz brotaba de los instrumentos. Pero el espectáculo ya había colmado expectativas y esperaba los “bises”, cuando en postrer reflexión, se me cruzó por la mente, esa escultura de mármol del artista anfitrión, que el pasado año se rematara en Estados Unidos en más de un millón de dólares.

Recordé entonces, una visita que realizara a la Fundación, acompañando a un grupo de personas adultas que asisten a los cursos de Alfabetización y Talleres, en su mayoría, proveniente de asentamientos o barrios periféricos y que pugnan por insertarse socialmente y en el campo laboral. Recuerdo que fuimos recibidos por el propio Atchugarry e informados someramente de lo que significa su arte y del deseo que él tiene de que se conozca y difunda, más allá de la sensibilidad que se pueda tener frente al mismo.

Rada siguió haciendo cantar y bailar al público, tal vez sin darse cuenta de que era partícipe de un ejercicio democrático, muy alejado de las demandas y las protestas y consustanciado con otra de las caras que la Democracia tiene para mostrar a través de la cultura.

Una democracia que pocos ven…

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