Apuntes desde la Azotea
José V. Andrade
Redacción
No hay dudas, de que, en cierto tramo de la vida, muchas veces, los afectos, las emociones, los sentimientos y las predilecciones se tornan veleidosos y que –por otra parte- el pasaje del tiempo profundiza las huellas de aquello que está destinado a trascender. Y lo que trasciende, indefectiblemente tiene el ADN que caracteriza a eso tan profundo y vital que son los valores, los cuales se hacen intemporales e impermeables a conjeturas de cualquier orden.
Cuando varias décadas atrás, muchos comentarios de la prensa e informativos radiales y televisivos se hacían eco de acontecimientos sociales, políticos y artísticos que tenían lugar en la “Azotea de Haedo”, mi visión adolescente apenas me permitía imaginar que eran “paqueterías” de un mundo ajeno, que nada tenían de popular y que ni remotamente algún día se irían a alinear en la historia cultural de nuestra sociedad.
Alguien podrá pensar que quien esto escribe, lo hace con el propósito de presumir una postura exquisita ante situaciones y vivencias personales que le ha tocado en suerte experimentar en este tramo de su vida. No es esa la idea y espero que estos comentarios ayuden a comprender lo que es capaz de descubrirse cuando los cinco sentidos se ponen al servicio de las circunstancias.
Días pasados –como cualquier hijo de vecino puede hacerlo- concurrí un par de veces (seguramente, continuaré haciéndolo) a la “Azotea de Haedo”, ese símil de casco de estancia construido en los años “cincuenta” y que ha pasado a pertenecer legítimamente al Patrimonio Nacional. Las convocatorias fueron para presenciar gratuitamente una tertulia de tango y otra de música barroca, ambas al aire libre. La voz bien timbrada del cantor en la primera oportunidad, y la levedad del sonido que manaban de los instrumentos clásicos, en la segunda, se vistieron con el manto histórico que les prestó “La Azotea”, para proyectar a retinas, oídos –y por qué no a otros sentidos- momentos con rasgos de una impronta muy especial. La voz tanguera y la música del cuarteto que le acompañaba adquirieron otra dimensión y esa música barroca -de la cual yo sólo sabía que había tenido origen en la Edad Media- colaboró para reforzar las percepciones de un entorno que, previamente, había yo recorrido portando termo y mate. Es que en el predio -muy generoso en extensión- se esconden elementos de reminiscencia romántica, que desnudan la concepción humana de quien fuera el propietario y creador de la “Azotea”: Eduardo Víctor Haedo, figura sobresaliente del Partido Nacional y referente de los gobiernos blancos desde 1958 a 1966.
Entre onduladas porciones de césped, a las cuales cruzan caprichosos senderos, asoman a la vista el bronce de varias esculturas, incluyendo bustos del pintor Pedro Blanes Viale y José Enrique Rodó, a la vez que, a la vera de algún muro, un par de fontanas despliegan la fantasía de antiguos azulejos.
Una capilla que representa una carreta en reposo, se yergue admonitoria, invitando a la solemnidad de su interior, mientras un pequeño anfiteatro al aire libre, añora su inmediato pasado histriónico.
Un banco “placero” con su placa de bronce alusiva, atestigua la visita del guerrillero Ernesto “Che” Guevara, a quien Haedo recibiera en el año 1961 cuando se realizaba una cumbre latinoamericana en Punta del Este.
Habría mucho más para describir, pero el “atelier” (Haedo era aficionado a la pintura) con numerosos cuadros, dibujos y fotografías, es otro de los rincones que seducen, al tiempo que testifica lo humanístico de una personalidad que respiraba diplomacia y marcó un momento especial en el Uruguay de mitad del siglo pasado.
Oportuno es decir que el predio de la “Azotea” está a poca distancia de un complejo educativo y que alguna vez hicimos un “adelanto” de las últimas visitas que he descripto, acompañando a alumnos de la Escuela N° 79 Especial “Rosalía de Castro”. Esta vez, la autopromesa de una visita “profunda” se cumplió con creces y con estos “Apuntes desde la Azotea” es nuestro anhelo mostrar que participar de sencillos eventos como los que dan pie a esta nota, nos puede conducir a reafirmar valores y, quizás, movernos a algún replanteo.
Tomo estos apuntes como un simple observador; de mente abierta y ancho corazón. La percepción “en vivo” abre caminos a la tolerancia y acomoda las ideas de otra manera. Ayer, fue la “Azotea de Haedo” (incluyendo el banco donde se sentaron el Presidente del Consejo Nacional de Gobierno y “El Che”). Quién dice, en algún futuro, no sea “El Quincho” quien se acomode en la huella de la Historia para regar la planta de una democracia de la que, con estos apuntes, damos fe se puede disfrutar desde otras perspectivas.
Porque el espíritu puede tener sus veleidades, pero los valores son intemporales y se hacen impermeables a conjeturas de cualquier orden.
